domingo, 28 de marzo de 2010

¡VIVA EL DOMINGO DE RAMOS! POR ANTONIO BURGOS.

domingo, 28 de marzo de 2010
A San Fernando se la dieron con queso. Por eso se llama así el queso de bola, porque es un queso de engaño. San Fernando lleva en una mano la espada y en la otra, el queso. Que como es el queso de bola con el que se la dieron, tiene forma de globo terráqueo. Se quedaron con él los guasones de esta ciudad porque le dijeron que era el Patrón de Sevilla y que su día, el aniversario de la fecha en que la palmó entre las flores de los jardines del Alcázar, el 30 de mayo, la Fiesta de Sevilla. Mentira cochina. Claro que como San Fernando era de por ahí, de donde venían los dueños de las tiendas de comestibles, de los forasteros que se quieren pasar por sevillanos haciéndose del Betis como él se apuntó por boca de Silvio, por eso se lo creyó. Nada de eso es cierto.
Hoy, Domingo de Ramos, es la verdadera Fiesta de Sevilla. El verdadero Patrón de Sevilla es el Domingo de Ramos. Pero no Patrón en su acepción de protector escogido por un pueblo o santo titular, sino en el otro sentido: modelo que sirve de muestra para sacar otra cosa igual, o metal que se toma como tipo para la evaluación de la moneda en un sistema monetario. Como la vara de platino que decían mis libros escolares de la Doctrina Cristiana que había en París para medir exactamente los centímetros de un metro cuando se adoptó el sistema decimal, así tiene Sevilla el patrón de bronce de esta mañana, que es la palma que en su mano lleva la Giralda. Para la Santa Juana siempre es Domingo de Ramos, porque siempre es Sevilla. La Santa Juana es la única sevillana que tiene el supremo gozo de poner todos los días la palma nueva del Domingo de Ramos en su balcón. Esa palma nos da la exacta medida de Sevilla. Que es una medida de luz, una medida de aire. Medida del tiempo detenido. La palma de Domingo de Ramos que tiene la Giralda es como la aguja solitaria del reloj por el que no pasa el tiempo. Se ve que Heráclito no vino nunca por Sevilla el Domingo de Ramos. Porque hoy te puedes bañar dos veces en el mismo río. Esta tarde, cuando pase por el puente, Triana, vida mía, puedes ver a La Estrella reflejada exactamente en el mismo río que el año pasado. En el mismísimo río que cuando La Valiente del año 32.
Hoy, precisamente hoy, además, uno como Heráclito, que no tiene ni pajolera idea de Sevilla, dice que hay que adelantar los relojes. Antié. Por nada del mundo. El Domingo de Ramos no hay que adelantar los relojes a las 2 de la mañana. Hay que pararlos, que no es lo mismo. Sevilla siempre cambia de hora el Domingo de Ramos. Coge el reloj de la Plaza, donde se citan los novios, o coge el reloj del diputado de Cruz de La Paz, y lo para: «Ahí queó». Lo que dicen que hacían los toreros cuando se abrían de capote y echaban la pata alante, lo hace el Domingo de Ramos, novillero que debuta el Jueves con caballos en Santa Catalina. Echa las manos abajo, los dos costeros a tierra por igual, y detiene el tiempo. Las horas. Y los años. Por eso todos volvemos a ser niños que pedimos cera. Y caramelos. Dicen que los nazarenos empezaron a dar caramelos hace muchos siglos para que los niños chicos no se asustaran al verlos. Los nazarenos le siguen dando caramelos a Sevilla para que no se asuste con el paso del tiempo, y por eso te dan la exacta seguridad de que hoy, en el mismo sitio, a la misma hora, puedes ver el prodigio de siempre, escuchar el sonido de siempre, oler las fragancias de siempre, sentir lo mismo, pensar lo mismo. Oh, maravilla del tiempo detenido. Cambian la ciudad, atentan contra ella, tratan de disfrazarla de Hannover o de Viena (sin manteca colorá), pero el Domingo de Ramos, Sevilla se rebela, lucha, triunfa. Vence. La Giralda es la Fe Vencedora. Sevilla eternamente vencedora.
Así que, sevillanos, cuando veáis hoy el primer nazareno, haced la solemne protestación de fe en Sevilla, gritando conmigo. «¡Viva el Domingo de Ramos! ¡Y que se mueran los feos!»

Y añado yo: Hasta dentro de una semana
 
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